“Era el segundo día mas frio de toda mi vida!” decía un osezno en la TV, mientras yacía mi cuerpo en la cama, sin un aliento, con las ganas de vivir simplemente, respiraba … realmente no sabía porque lo continuaba haciendo, el cansancio era grande, pesado.
Un sonido irrespetuoso, corto de tajo y con desdén a la calma, con las ganas de no respirar. Mis ojos se dirigieron hacia la escalera que da al primer piso, donde está la puerta. Mi cuerpo se negó. Más que ellos nada se movió. De nuevo el estridente sonido recorrió todo el silencio, hasta mis huesos, esta vez acompañado por voces en varios tonos fácilmente reconocibles. La respuesta fue inmediata a los gritos “Padrino! Abre padrino! Ya llegamos!”, sin pensarlo de un solo brinco estaba ya recorriendo a saltos las tablas de madera que me llevarían hasta ellos, la energía en mi cuerpo regreso y una gran sonrisa se pinto en mi cara.
Abrí la puerta con cierta dificultad, el afán no me permitía hacerlo, casi era desesperante el error. Del otro lado podía escuchar brincos, se sentía el casi nervioso esperar, al mover esta gran hoja de madera que protege pero obstaculiza la vista se abalanzaron sobre mí como dos disparos, nunca los vi. Sentí luego el calor de sus brazos cortos alrededor de mi cuerpo, ya no me faltaba nada, solo quería vivir.
Las sonrisas no cesaron hasta la noche, saboreamos duraznos, saltamos por todos los temas de los que se podía hablar: --porque los barcos flotan? --Y.. porque? --Y porque los submarinos se sumergen? … wow que chévere--, luego saltaban las bolas de tenis que parecían más divertidas que todos nosotros, eran amarillas y vivas, brinconas. Después de muchos juegos y sonrisas una voz cálida y suave nos indico que el final de la jornada había llegado, la noche caía suavemente y era hora de regresar a casa. Un sonido casi doloroso nos decía al auricular “su taxi de placas XRF864 se encuentra esperando”, todo se había terminado, por un segundo nos invadió la melancolía del recuerdo, Se divirtieron verdad?—preguntó Lucero, la mamá (la de la voz cálida y suave) y recordamos todo lo hecho, las sonrisas regresaron y los abrazos iban y venían una y otra vez.
Agradecí a Dios por el día que pase con mis ahijados, con ese par de angelitos que me
regresan muchas noches con sus mañanas en el tiempo, que me hacen saber firmemente que la niñez es una enfermedad que se cura con el tiempo y de la que felizmente moriría columpiándome, jugando golosa o viendo los barquitos de papel flotar como grandes buques en la mar.
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